Un análisis sobre la transición de la autocrítica erosiva hacia la autoeficacia estratégica: por qué la ciencia de la autocompasión y el diseño de entornos saludables constituyen la infraestructura definitiva para la salud mental y el rendimiento sostenible en el siglo XXI.
Por Jorge Alonso Curiel
Hoylunes –La autoestima no es una frase inspiradora impresa en una taza ni una moda pasajera de redes sociales. Es un componente esencial de la salud psicológica, estudiado durante décadas por la ciencia. Y aunque no exista una fórmula mágica para aumentarla de un día para otro, sí sabemos qué hábitos la fortalecen de forma sólida.

El diálogo interno: el narrador que vive en tu cabeza
La forma en que te hablas influye directamente en cómo te sientes contigo mismo. La investigación psicológica ha mostrado que la autocrítica constante se asocia con mayores niveles de ansiedad y depresión. Nuestro cerebro tiende a consolidar aquello que repetimos con frecuencia, incluso cuando proviene de nuestra propia voz interior.
Cambiar el diálogo interno no implica negar errores, sino reformularlos con mayor equilibrio. No es lo mismo pensar “soy un desastre” que “esto no salió bien, pero puedo aprender”. Ese pequeño ajuste reduce la amenaza percibida y favorece una autoestima más estable.
La importancia de celebrar lo pequeño
Solemos creer que la autoestima depende de grandes logros, pero la ciencia de la motivación apunta en otra dirección. Sentirnos competentes en tareas cotidianas activa mecanismos psicológicos de satisfacción y refuerza la percepción de valía personal.
Completar pequeñas metas —terminar un trabajo pendiente, mantener un hábito saludable, avanzar en un proyecto— alimenta una sensación de eficacia que, acumulada, fortalece la autoestima. El progreso constante pesa más que el éxito espectacular.

Relaciones que construyen y no erosionan
Somos seres sociales, y nuestra autoestima no se desarrolla en el vacío. Estudios en psicología social muestran que el apoyo emocional y el reconocimiento fortalecen la percepción que tenemos de nosotros mismos, mientras que la crítica constante o el desprecio la debilitan.
Las personas que nos escuchan nos validan y nos tratan con respeto funcionan como espejos saludables. En cambio, los vínculos que generan inseguridad constante pueden minar la confianza personal. Elegir mejor nuestros entornos no es un lujo: es un factor psicológico clave.
Sentirse capaz: la fuerza de la autoeficacia
El psicólogo Albert Bandura demostró que la creencia en la propia capacidad —lo que llamó “autoeficacia”— se construye a través de experiencias de logro. Cada vez que enfrentamos un desafío y lo resolvemos, reforzamos la idea de que podemos manejar situaciones futuras.
No se trata de hazañas extraordinarias. Aprender algo nuevo, sostener una rutina o completar un objetivo personal envía al cerebro un mensaje poderoso: “soy capaz”. Esa sensación alimenta directamente la autoestima.
La autoaceptación como base sólida
La autoestima más saludable no nace de sentirse superior, sino de aceptarse con realismo. Las investigaciones sobre autocompasión muestran que las personas que se tratan con amabilidad ante el error presentan menor estrés y mayor bienestar emocional.
La psicóloga Kristin Neff ha evidenciado que aceptar nuestras imperfecciones no reduce la motivación, sino que la hace más sostenible. Cuando dejamos de castigarnos por fallar, creamos un terreno más estable para crecer.

Una construcción diaria, no un golpe de efecto
La autoestima no se activa como un interruptor. Se construye en gestos cotidianos: hablarse con respeto, reconocer avances, rodearse de apoyo, actuar con constancia y aceptar la propia humanidad.
No consiste en pensar que somos extraordinarios todo el tiempo. Consiste en saber que, incluso con defectos y días torcidos, seguimos siendo valiosos y capaces de mejorar.
Y eso, según la evidencia científica, es salud psicológica bien fundamentada.

#JorgeAlonsoCuriel #Hoylunes #IngenieríaDelYo #CapitalPsicológico)





